¿QUÉ ES SER NACIONALISTA?

Por: Ramón Morales Quijano  

El que se anuncia como nacionalista queda con una etiqueta confusa colgando del cuello. Pocos dan real significado al título: se toma generalmente como ideología o movimiento político, pero en lo profundo y verdadero, es un acervo de sentimientos, de valores, de cultura y de otras cosas que nos llevan a consolidar aspiraciones nacionales y personales. 

Nos podemos dar gusto filosofando sobre este polémico término y repasando su evolución época tras época, pero eso es ya académico y lo que debemos considerar es su dimensión mundial de hoy. En ausencia de los nacionalismos extremos del siglo pasado —escudados tras conceptos de superioridad racial, xenofobia, descolonización y toma arbitraria de territorios— hemos vivido una prolongada etapa que creímos era de humanización del mundo. Aunque no fue del todo así, surgieron conceptos de lealtad a un sistema de convivencia pacífica, de igualdad de condiciones para la ciudadanía mundial y, en fin, de identificación y relación afectiva, y de sentido de pertenencia de las gentes a su respectiva nación. Ahora han surgido derrumbes por efecto de mitomanías y absolutismos, de organizaciones racistas, de brotes militaristas y de expansivas y nocivas jugadas internacionales. Según alarde de algunos, estamos en “un juego de ganadores y perdedores” en el que los poderosos no aceptan ser perdedores. 

En esta coyuntura, ¿cómo debemos fundamentar los panameños nuestro nacionalismo? Yo diría que reafirmando con orgullo la fusión de nuestras características multiétnicas, manejando en paz religiones y opiniones diversas, ostentando creencias e intereses comunes, y sosteniendo objetivos sociales y un progresivo desarrollo institucional y cultural. Esto es un dogma de fe patrio. Corolario es el afán ferviente de reafirmar la soberanía de la Nación sobre su patrimonio, independencia para actuar, integridad de las instituciones públicas, libertad, democracia, imperio de la Ley y dignidad nacional. Se trata de una unidad completa e indivisible de objetivos. No existe —ni existirá— una cosa sin la otra; es obligación ciudadana hacer que lo entiendan los que pretendan agredirnos. 

Sobre el tema actual —la contienda internacional en curso— debemos reforzar los contornos comunes surgidos de nuestra liberación, en el año 2000, de las subyugaciones centenarias, de los errores de entendimiento y de los complejos, para no echar a perder nuestras luchas por apuntalar esta fascinante Nación. Sentenció Justo Arosemena: “Me preocupa no solo la suerte, sino la reputación de nuestro país. Quisiera verle próspero y respetado; porque en eso va, pudiera decir, mi propia honra”. Y Eusebio A. Morales expresó lo que está hoy en nuestros corazones: que hay que “hacer que el país tenga designios, aspiraciones e ideales hacia los cuales se dirija como nación, como una totalidad que marcha hacia arriba en una dirección visible en desempeño de una misión histórica”. Es nuestra la tarea de revivir con coraje esta espiritualidad. Llamémoslo un ejercicio que converge en dignidad nacional la suma de nuestras propias autoestimas; que engloba el rechazo colectivo al maltrato, desprecio, humillación, vasallaje, irrespeto y a todo lo que produce vergüenza. 

Lo escrito aquí no es ajeno a Rotary: es también un modo de vida, responde a la misma ética, es requisito para la construcción de una sociedad mejor, y abono para la comprensión internacional. Nuestro Club Rotario tiene una historia inigualable en estos campos, y ha sabido ejercer liderazgo en épocas de grandes crisis nacionales. Sus acciones cívicas han contribuido grandemente a fortalecer la democracia, la moral pública, la educación y la cohesión social. Para fortalecer más la Nación, los miembros del Club siempre han puesto a su servicio experiencias cívicamente relevantes, destrezas y profundo amor a la humanidad. Es primordialmente una labor de intermediación con la sociedad y las autoridades oficiales, identificando puntos en áreas temáticas dentro del espacio cívico que promueven lo que señalé al abrir este tema: el acervo de sentimientos, de valores, de patrimonio cultural y otras cosas que nos llevan a consolidar nuestras aspiraciones personales y las de la colectividad. Se podría llamar, como apuntó Stephanie Urchick, “la magia de Rotary”.