Dar de sí – el verdadero termómetro de un buen Rotario

Era temprano en Vacamonte cuando una niña guna, tan pequeña aún que no sabía que el mundo a veces elige olvidarse de los más vulnerables, me tomó de la mano para mostrarme su salón en el CAIPI Comunitario Doodogan Nega. Su mano pequeña en la mía se me antojó un vínculo silencioso y esperanzador que demuestra que a alguien le importa. Confieso que salí de Dagar Guna con más de lo que llegué a dar. Y esa, quizás, es la primera lección que me ha enseñado mi camino en Rotary.
Rotary se resume en ocho palabras que llevo tatuadas en mi conciencia: “Dar de sí antes de pensar en sí”. No se trata de una consigna atractiva. Es una filosofía de vida que, como enseñó Paul Harris, reconcilia el eterno conflicto entre el deseo de beneficiarse a uno mismo y el deber de servir a los demás. Ser Rotario no es ser espectador. Es hacer Rotary, participar, ensuciarse las manos con las necesidades reales de la comunidad.
A lo largo de estos años, junto al club, he tenido el privilegio de sembrar en el terreno que más me apasiona: la educación. La formación docente del programa PRISA, de la mano de SUMMA; el acompañamiento a la primera infancia en el CAIPI de Vacamonte; el programa Educación Éxito Seguro; entre muchas iniciativas. Cada proyecto me confirma que el servicio educativo es, tal vez, la forma más profunda de amor cívico.
El cariño por el Rotarismo, en este caso, no está reñido con la franqueza. ¿Cuál es el verdadero indicador de un buen Rotario? No es la cantidad de placas en la pared ni la foto en la revista. El mejor indicador de incidencia es la transformación medible y perdurable en la vida de las personas: un niño que hoy lee, una maestra mejor formada, una comunidad que ya no depende de nosotros porque aprendió a sostenerse sola. Rotary mismo lo ha entendido. Por eso hoy insiste en medir el impacto real de sus proyectos, no solo las buenas intenciones.
Y aquí toca referirnos a un punto incómodo. ¿Está el Rotarismo en crisis? Hay riesgos naturales a un movimiento que empezó a principios del siglo XX. Nuestros clubes envejecen. Es prioritario atraer y retener a los jóvenes. A veces confundimos el compañerismo con la comodidad. El past president Francesco Arezzo reconoció que demasiados líderes de clubes no comprenden por qué importa renovarse. Cuando un club deja de incomodarse por el prójimo, deja de ser rotario aunque siga llamándose así.
La buena noticia es que la crisis no está en la esencia, sino en su práctica olvidada. El antídoto es sencillo y antiguo: volver a las avenidas de servicio, abrir las puertas a la diversidad, invitar a los jóvenes no como espectadores sino como protagonistas, y medir lo que hacemos con la misma rigurosidad con que exigimos resultados en nuestras actividades profesionales. Un buen Rotario no se mide por lo que tiene, sino por lo que da sin regatear.
Vuelvo entonces a aquella niña de Vacamonte. Ella no sabe lo que significa la Prueba Cuádruple ni los lemas de nuestra organización. Pero sabe que alguien la esperó y la hizo sentir importante. Y si Rotary logra, en cada comunidad de Panamá, que más niños puedan decir “soy importante para alguien”, entonces no habrá crisis que nos derribe. Porque al final, se beneficia más quien mejor sirve, y yo, con la mayor humildad, debo confesar que he sido la más beneficiada.