Antes del delito, hay una historia

Cuando pensamos en adolescentes infractores, a la mayoría se nos viene a la mente una imagen sacada de una película: un joven desalmado, dispuesto a todo, en especial, a hacer daño sin remordimiento, para ganar dinero o por el simple placer de dañar.
Cuándo conoces las historias de los adolescentes que han delinquido y se encuentran privados de libertad, es imposible no ponerse en sus zapatos. Detrás de cada uno de ellos hay una historia de vulnerabilidad: padres ausentes, deserción escolar, abuso físico, emocional o sexual; carencias económicas severas o haber crecido en comunidades donde las pandillas ofrecen el cariño y la protección que sus familias no supieron brindar. Nada de esto justifica el delito, pero sí ayuda a entenderlo.
En casi ocho años de intervención de Dame un Chance, asociación sin fines de lucro dedicada a trabajar con adolescentes privados de libertad a través de procesos de acompañamiento y reintegración social, hemos confirmado algo que incomoda, pero es necesario decir: las cárceles no están llenas de delincuentes sin remedio, sino de adolescentes lastimados, a quienes les fallaron sus familias y el Estado. Jóvenes que, en medio de sus circunstancias, encontraron en el delito una forma equivocada de sentirse fuertes, visibles o protegidos. Niños y niñas con heridas profundas, pero también con una profunda capacidad de cambio.
Algo importante que debemos tener presente es que todos los adolescentes que se encuentran privados de libertad, en el preciso momento en que usted está leyendo esto, cumplirán su condena y, por lo tanto, tarde o temprano regresarán a las calles. Es allí donde surge una pregunta incómoda, pero urgente: ¿qué estamos haciendo para lograr su resocialización?
La cárcel, especialmente, en el caso de adolescentes, no debería ser el final de una historia, sino un punto de inflexión: un espacio donde, además de asumir responsabilidades, puedan reconstruirse, adquirir herramientas y resignificar su historia. Es, bajo esta convicción, que Dame un Chance desarrolla sus procesos de acompañamiento, apostando por la transformación real de estos jóvenes.
Si la privación de libertad se limita únicamente al castigo, estamos perdiendo una oportunidad invaluable de resocialización. Castigar sin entender no transforma; aislar sin educar no previene. Por el contrario, puede reforzar los mismos factores que llevaron al adolescente a delinquir en primer lugar.
En Dame un Chance, tenemos la certeza de que hablar de segundas oportunidades no es un acto de ingenuidad, sino una apuesta por la seguridad real. Un adolescente que recibe apoyo, educación y acompañamiento tiene muchas más probabilidades de insertarse positivamente en la sociedad que uno que solo ha sido castigado y etiquetado.
Creer en la resocialización es entender que las personas no están definidas sólo por el peor error que han cometido. Es reconocer que, incluso en contextos difíciles, existe la posibilidad de cambio cuando se ofrecen las condiciones adecuadas.
Las segundas oportunidades no ocurren por arte de magia; requieren compromiso y responsabilidad colectiva. Como sociedad, la pregunta sigue en el aire: ¿estamos dispuestos a darles un chance?
